4.9.13

Lejía en la cuchilla.

La caja torácica picoteadas por cuervos, que mamaron de mi pecho hasta dejar el vacío y el tetáno.
Duele el corte al rojo del que emana pus mi ergo, conceptos aguijonean la irregularidad  de la piel y crean en él nidos de basura y carne pútrida.

No puedo expulsar la placenta que aprieta las paredes del pasado. Caigo por la espiral y desde abajo todo sigue estando igual de muerto.

Vacías las cuencas de los ojos y el la boca. Vacíos los oídos donde el sonido rebota y el único fluir es el de la putrefacción que recorre el cádaver ya muerto. Un pez que agoniza histérico entre torrentes que le despellejan su escamado cuerpo. No hay salida en este laberinto que es la palabra, la inapelable condena al exterior, a la exposición de las fonemas. A las balas que convierten a la pupila en esferas muertas que emanan hielo punzante, carámbanos que caen de la palabra recien salida del útero de la boca.

Perforan la columna, perforan la escama,  perforan la luz.

Laberíntica existencia donde todos los caminos me condenan al pendulo del Schmerz.

Y si giro la cabeza es el arte quien me está devorando la espalda con colmillos cubiertos de ponzoña.

Laberinto angustioso donde al doblar en cada esquina el pasado devora su festín de visceras.

Maté al mar. Maté a las cenizas del mar rojo y di luz a la tormenta, tormenta condenada, porque las cenizas entran por heridas abiertas.

-Asesina.

Que llueva, que llueva dentro  y fuera, que se arrastre todo el Schmerz causado. Nada está perdido si el agua fluye la carne muerta y las tuberías del tiempo tragan el pus. Resucitaría la pupila, el verbo.

Hace frío en el purgatorio. Duele hasta el último alveolo insuflado de humo.

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